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Pepe Arévalo
Por: ©Rafael Figueroa Hernández
www.comosuena.com

En el momento histórico en que tomó por asalto el mundo vía Nueva York, la música afroantillana en México adquirió connotaciones distintas de las meramente comerciales, gracias al trabajo de muchas personas que se reunieron en torno al grito de batalla de "La rumba es cultura". La convocatoria fue lanzada por un equipo de tres personas que, desde sus diferentes perspectivas, aportaron experiencia y "amor al arte" al recién nacido movimiento.

Por un lado, Froylán López Narváez le enseñó por primera vez a toda una generación de universitarios que no tenían por qué sentir vergüenza de sacar a flote sus inclinaciones rumberas, las cuales, a veces, sólo eran confesadas bajo los influjos de rones de variada calidad y espirituosidad. Estudiantes y maestros quedaron convencidos de que agitar el cuerpo al ritmo de una guaracha no era signo de relajamiento social sino una manifestación cultural respetable, dado el hecho de que pertenecía a una tradición más añeja en México, proveniente de las Antillas.

Es cierto que los medios, como reflejo de las importaciones neoyorquinas y venezolanas, comenzaban a llamar "salsa" a esta música que ha sido nuestra por tantos años, pero también, gracias al segundo mosquetero del grupo, Pancho Cataneo, los aficionados, que cada vez éramos más, le comenzamos a llamar por el rimbombante pero preciso nombre de "Música Afroantillana", así con mayúsculas. Cataneo, desde su tribuna radiofónica, nos fue informando de los dimes y diretes propios de esa música y nos abrió los ojos hacia el hecho de que lo que ahora se nos quería vender con un nuevo membrete, tenía la misma estructura rítmica que ya se había cocinado decenios atrás en las islas del Caribe hispano.

Y es aquí donde entra en juego el tercer pilar del movimiento que estuvo a cargo de Pepe Arévalo, pianista y director de orquesta, protagonista ya de muchas y muy buenas lides dentro del campo del son en México, con aprendizajes al lado de Silvestre Méndez, Daniel Santos, Chucho Rodríguez o Toña la Negra, para mencionar sólo algunos nombres de una larga lista, luminarias todas del firmamento afroantillano en México.

No sabemos a ciencia cierta quién incorporó a quién, si fue la trayectoria de Pepe Arévalo la que atrajo la labor investigativa y de difusión de López Narváez y Cataneo, o si fueron éstos los que descubrieron el reducto en que cotidianamente laboraba el pianista: el Bar León, que de muchas maneras, no sólo metafóricamente hablando, funcionaba como la cueva desde la cual Arévalo se dedicaba, noche a noche, a crear y recrear la música que había descubierto décadas antes en la vida nocturna de Acapulco.

Lo importante es que de ahí en adelante y con el coro de "Oye Salomé, perdónala" como palabras mágicas, la labor cotidiana de Pepe Arévalo cambió la faz de la música popular en México, gracias principalmente a su presencia al frente de una agrupación que con diversos cambios de personal ha sabido mantener, primero en el Bar León y después en El Gran León, verdaderas instituciones de la vida nocturna de la convulsionada ciudad de México.

En el presente texto he querido presentar la historia de este músico tomando como base sus propias palabras, con el objeto de no perder las características propias de una plática apasionada y llena de vigor del que se sabe parte sustancial de nuestra música, sin eludir, claro está, la responsabilidad de cómo escritor me corresponde de darle forma y estructura a miles de palabras vertidas durante horas siempre demasiado cortas, de sabrosa plática.

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